¡Arde París!
Como decía el estribillo de la canción ("¡Arde París!"), la capital del Sena está en llamas. Lo que no consiguieran hacer los nazis en la más despiadada de las guerras, lo están logrando unos cuantos desalmados, que piensan que así se les solucionarán los problemas.
Posiblemente, si hicieran eso aquí (por desgracia, creo que llegará antes de lo que nos tememos), sus plegarias a Alá se verían escuchadas, y nuestro presidente les daría trabajo, vivienda y hasta una cuenta en "Ing direct" para que vayan ahorrando.
Sin embargo, a pesar de que el gobierno francés tiene mucha culpa de lo que está sucediendo, no creo que allí tengan tantos miramientos con ellos.
Una servidora, estuvo viviendo en una ciudad del norte de Francia durante más de medio año, y tuvo ocasión de comprobar, hace ya casi diez años, cómo la tan vendida integración no era sino un "mito". Ya, de por sí, es difícil integrarse en un país distinto del de uno, pero si además, la cultura es totalmente diferente, el clima, los horarios, las costumbres, las fiestas, la religión, etc., entonces se hace casi imposible. Pero hay una cosa que diferencia a los que se integran y a los que no: la voluntad. Tener la voluntad de integrarse en el país en el que se es acogido es la clave de todos estos problemas, pero sobre todo, la educación es primordial, empezando por la que uno recibe desde la cuna.
En español hay un refrán que viene muy bien al caso: "Allá donde fueres, haz lo que vieres". Pues eso, señores, cuando uno es acogido en un país extranjero, tiene el deber de aprender y aceptar sus costumbres, su idioma y sus normas básicas de convivencia, no al revés.
Jamás he oído yo ninguna historia acerca de revueltas provocadas por nuestros compatriotas cuando emigraban a Francia o Alemania. Sencillamente, porque tenían claro que iban a un sitio extraño en el que tendrían que aprenderlo todo sobre él; ellos no imponían sus costumbres, ni su idioma, ni sus fiestas. No, no lo hacían.
Sin embargo, el caso de ahora es totalmente distinto. Parece ser que tendremos que ser nosotros los que nos adaptemos a ellos, por consejo de nuestro presidente y su maravillosa "Alianza de Incivilizados". Esto está tomando muy mal cariz y pronto empezaremos a ver guetos como los de Francia (de marroquíes y argelinos, en su mayoría) o los de Alemania (de turcos, sobre todo). Les aseguro que entrar en esos barrios es como adentrarse en la jungla, con la incertidumbre de no saber cómo podrás salir. Seguro que la masiva legalización de extranjeros puede provocar la misma sensación en nuestro gobierno, o no.

